viernes, 22 de abril de 2016

EL BANQUETE

                                    

Desde que me tocó el gordo del Euro millón, mi vida y la de los míos, cambio como de la noche al día; en seguidas, dejamos las estrecheces, un piso de 36 m2 de la calle Payaso Fofo en Vallecas para trasladarnos a una mansión de la Moraleja de 3600 m2 construidos en las dos plantas con un jardín de algunas hectáreas; fue tan cara la compra, que nos regalaron los muebles, el  mayordomo y el servicio doméstico que le acompañaba. Esto, hizo que mi mujer ya no tuviera que hacer las labores de casa, ni siquiera, lo que más le gustaba después de las comidas oyendo la radio: la “fregasa”  
Cuando cobraron el gran premio los del banco, les dije de no tocar el capital y vivir sólo de las rentas. Así que, todos los días uno, a las nueve de la mañana entraba el camión de los brindados en el jardín de la casa para dejar varias sacas repletas de billetes con los intereses del mes. En la soledad de la finca, como me aburría, como dicen lo hacen las ostras en el fondo del mar, me aficioné a la cocina con el famoso espacio “Las lágrimas de un chorizo detrás de un chef” donde se preparaban las mejores y más apetitosas recetas que llegaran a sustituir en el siglo XXI a las judías con chorizo, los callos con garbanzos o las lentejas con morcilla y panceta. Por eso, cuando me dijo mi hija que se casaba, me sorprendió bastante; no por ser moza vieja, sino, porque de joven nunca tuvo novio y ahora que era más fea que el guante de una viuda, los tenía a montones.
Cuando se decidió por uno de ellos, después de haber estado una larga temporada probándolos a todos, incluso, varias veces al día. ¡Tardó menos en preparar la boda, que yo en hacer las invitaciones! La ceremonia sería tipo americano en el jardín bajo un carpa de flores y guirnaldas, el banquete lo cocinaría yo, también me encargaría de todo demás, (invitados y pago facturas) dejando (para que no se me hicieran vagos y comodones antes de tiempo) a los novios encargados de buscar al sacerdote que los casara.
Di instrucciones a Bautista de que llevaríamos el Rolls Roice gris, porque desentonaría menos por los paisajes de cielos cubiertos y lluviosos que teníamos que atravesar, y nos fuimos directamente a la Cofradía de Pescadores de Aguinaga (España), donde reserve todas las angulas que entraran  durante un mes. Luego nos fuimos a Gena (Alemania)  a recoger en la fábrica Carl Zeiis, unas gafas de neurocirujano con potentes lentes y  linternas de luces sin sombras incorporadas; de vuelta, al pasar por Suiza, paramos en Ginebra en una farmacia de guardia que hacía esquina, donde compré una caja con un colirio de oídos (cuyo bote tiré cerrado al lago Leman para no dañar la fauna ni la flora) y guardé en el bolsillo derecho el cuentagotas de cristal con sombrero de goma.
Como todo llega en la vida, llegamos a Madrid y también llegó el día anterior a la boda. Empecé a preparar con tiempo para los 150 invitados el menú que había elegido: “angulas rellenas al horno”, las angulas no las lavé porque todos los cuerpos con el baño pierden peso, y eso ahora no convenía; me puse las gafas de neurocirujano, con mucha paciencia y un buen cuchillo de acero japonés Tesako, las abrí una a una en canal para sacarles las tripas e introducir el relleno de bigotes de gambas rojas de la bahía con esencia de brócoli y tintura de alcaparras a la miel que había preparado, esto me llevó 37 horas sin levantar la vista del plato, aunque la mayor parte de ese tiempo lo consumí en meterles las rodajas de limón en la boca, que fue lo más laborioso ¡Pero, a qué no está dispuesto un padre por su hija! Puestas las angulas en fila india formando batallones, (como los soldados de las guerras de las galaxias) sobre una fina base de salsa de ostras, las introduje en el horno industrial que trajeron los del catering. Para que no se quemaran, de diez en diez minutos lo abría y, con el cuenta gotas suizo, le regaba los lomo con vino de Ribeiro gran reserva cosecha de 1927 de 380 euros la botella. Del calor del horno y del relleno que llevaban las angulas se hincharon como pavos que, por su color gris y la  crujiente textura que tenían al masticarlas, la mayoría de los invitados pensaban que eran pipas, y las escupían con disimulo bajo la mesa. Yo, como buen cocinero, estaba atento a sus caras de asco y de los comentarios de mi magna obra que, como siempre, eran de lo más variados.
Mencionaré algunos para mejor entender la situación: “mi consuegra: A mí solo me pone tres, porque el pescado llena mucho y luego no duermo bien; mi consuegro que le dijo al camarero: llévese este tenedor de madera y me las sirve estas pijaditas en una fuente de gazpacho con cuchara sopera, también me trae unas cuantas banderillas picantes para acompañar, porque estos guisos tan fuertes, me cuesta entrarlos; el hijo del novio que ya tenía pelusilla en el bigote: yo no quiero chuches, prefiero una hamburguesa con kétchup y patatas ; mi hija: ¡donde se pongan un buen par de huevos!... (En que estaría pensando); su novio ya marido: ¡están de muerte estos mini espaguetis! me darás la dirección del chino que te ha servido la salsa agridulce (besándose las puntas de los dedos) es ¡Boccato di Cardinale!”.
¡Vaya un nuevo hijo que se ha incorporado en esta casa! Además de cobista, es gilipollas…
Menos mal que soy previsor y, teniendo presente el dicho,” qué sabrán los burros lo que es la menta” preparé 300 cruasanes a la plancha con mantequilla y mermelada de postre…      

Madrid, 18-04-2016