martes, 5 de abril de 2016

Sangre, sudor y lágrimas


Las palabras que he aprendido por la noche podría contarlas con los dedos de una mano. En realidad son solo tres: sangre, sudor y lágrimas. ¿Por qué estas y no otras? La explicación es muy sencilla; se resume muy fácil: trabajo nocturno.

Suelo acostarme temprano. La programación de tarde de la televisión aún no ha acabado cuando yo ya voy por el segundo sueño. El reloj no perdona y la alarma suena antes de las tres de la madrugada. Aunque a veces, como hoy, me salto la cama y me paseo por los bares hasta la hora de fichar. Conocer gente nueva es muy importante para mí. Mis padres hace tiempo que murieron, no tengo novia, los amigos de la infancia también desaparecieron y mi trabajo depende de ello. No, no, no, no trabajo solo, siempre hay alguien conmigo, pero ellos están a lo suyo y yo a lo mío. Entiendes, ¿verdad?

Verás, trabajo en este matadero. Es un trabajo duro. Son muchos los kilos que uno tiene que cargar. Los ganchos del techo ayudan, pero ¿puedes imaginarte lo que pesa una mole de esas abiertas en canal? No, no es una labor agradable, pero es lo único que sé hacer. Y me gusta. No tuve suerte con los estudios y los dejé antes de los dieciséis. Para alegría de mis padres, un carnicero me tomó bajo sus riendas. Era un hombre mayor, de pocas palabras, aunque no hacía falta que las dijera; yo tampoco tenía nada que hablar con él. Me enseñó todo lo que me hecho falta: a afilar bien los cuchillos, a hacer los filetes muy finos, a separar la grasa de la carne, a partir los huesos de dos golpes de machete… Ya te imaginas, esas cosas que hacen los carniceros. Y tengo que decir que en tres años ya había cogido la suficiente presteza como para que el hombre me cediera su lugar. Así que con diecinueve me hice con el puesto número veintitrés del mercado de Embajadores. Ahí pasé unos años, pero me cansé de las quejas de las mujeres: que si el corte de ayer estaba duro, que si te pedí medio kilo y me pusiste tres cuartos, que no me gusta que añadas cerdo a la carne picada, que si que, que si que, que si que… me harté de ellas, cerré la carnicería, me pasé a la noche y las perdí como clientas.

Este trabajo es más tranquilo. Y más divertido. Sobre todo a partir de las seis de la mañana, para esa hora los gritos y las lágrimas ya han cesado. Todo ha acabado y lo que unas horas antes era un cuerpo quejicoso y lastimero pasa a ser comida para fieras. A veces pienso que los tigres del zoo no se merecen semejante manjar.

No te agites tanto que te harás daño. Si sigues así la cuerda se romperá y te caerás al suelo. Hoy voy un poco tarde y no me ha dado tiempo a limpiar la sangre. Esto de contar mi vida no es algo que haga con cualquiera; no sé por qué, pero tú pareces un buen tipo. Y como me has caído bien, haré una excepción: te arrancaré el corazón primero y luego, todo lo demás.