miércoles, 6 de abril de 2016

Tal vez drosómetro



Las palabras que he aprendido por la noche, durante las interminables horas de insomnio, las olvidé de inmediato, nada más llamarme Karl. En cuanto oí su aflautada y temible voz, olvidé no sólo aquellas tres o cuatro hermosas palabras, —largas y evocadoras seguramente como los lejanos veranos de mi infancia—, sino también otra cosa: que no había reunido el dinero que podría aún salvarme la vida.
Había sido hacía poco más de media hora; su amenaza sonó como el amartillarse de un arma. Era fácil suponer que ahora mismo estaría llegando a mi casa, a bordo de su ridículo Mustang amarillo. Karl era así: un bruto endurecido a fuego en las peores cárceles del país, y al mismo tiempo dispuesto a ponerse en ridículo conduciendo un coche como aquel, lleno de pegatinas y dibujos raros.
Se oyó el portazo de un coche.
Por lo demás el silencio era absoluto.
Y aquellas otras palabras, las mías, las olvidadas, —¿Quizá fuera drosómetro una de ellas? —, cuya búsqueda había sido mi único pasatiempo para tratar de olvidar la cruda realidad del chantaje, no volvería ya a recordarlas nunca.
Y menos ahora, cuando ya sabía que ese nunca tenía sólo la pequeña dimensión de unos pocos minutos…