martes, 24 de mayo de 2016

LA VERJA


Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre. Es Armando. Nadie como él la abre tanto, para evitar que se prolongue el desagradable chirrido que emite. Carmen y Yuri, como yo, la abrimos lo justo para entrar, y entonces el ruido no pasa de ser un gritito, algo así como el quejido seco de un animal asustado. Pero a él, al parecer, le pasa como al carretero de la canción, que le gusta que suene...
Hace tiempo que abandoné toda esperanza de que la arregle o cambie. Quizá bastaría con un poco de aceite. A la maldita verja le pasa lo mismo que a nuestro matrimonio: tal vez sirva con un poco de aceite.
Cualquier día se lo echo yo, pero luego a ver quién le oye…
Mi gigantón marido aparece en el umbral de la cocina con un conejo colgando de la mano. Sonríe como si fuera un cazador primerizo. Me dice que le ha dado otros tres a Edurne, para que los congele. Entra en la cocina y deja al animal sobre la encimera, para que me haga cargo. Luego dice que se va a duchar y desaparece.
El carboncillo negro de la cara del roedor emite señales de un apagado pánico. Pero es en realidad únicamente mi apagado pánico lo que veo dentro de ese pequeño ojo, y en cuanto me doy cuenta de ello trato de rescatar de esa expresión animal algún otro rastro más, como un instinto de supervivencia o un desesperado grito de ayuda…
No quiero saber nada del animal. Armando supone que esta noche lo tendrá sobre la mesa, pero no, esta noche lo que haré será bajar al garaje y buscar entre las herramientas.
Debe haber aceite por algún lugar, para arreglar de una vez esta maldita verja…