lunes, 3 de octubre de 2016

Bianca, Ruth, Olga

El hostal era ruidoso y con poco encanto. Además tenía que caminar durante veinte minutos si quería ver la playa. Aquello estaba algo lejos de ser las vacaciones que había planeado.


Una mañana, paseando por la carretera que iba paralela al mar, vi a un montón de gente con mochilas y neveras portátiles que esperaban algo en un parking. Me acerqué por curiosidad y un tipo que estaba sentado sobre el capó de un coche me dijo que aquello era la puerta de un camping que no aceptaba reservas pero cada mañana, a las doce en punto, daban de baja a la gente que se marchaba y la gente que estaba en la puerta podía entrar por estricto orden de llegada hasta volver a completar la ocupación. Si estabas muy atrás en la fila podías quedarte sin sitio. Desde donde estaba hablando con ese tipo podía ver el mar a unos cien metros. Me puse en la cola por probar suerte y la hubo a medias. Conseguí una parcela para una tienda de campaña. No les quedaban bungalows libres ni había tiendas en alquiler, pero una semana allí me costaba lo que dos días en el hostal, y estaba junto al mar, en una cala a la que sólo se podía acceder desde el propio camping.
Volví al pueblo, recogí mis cosas que del hostal, me despedí del dueño y me compré el único modelo de tienda de campaña que tenían en la única ferretería que conseguí encontrar. A media tarde ya estaba instalado.
En la tienda del camping me compré seis latas de cerveza y  fui a sentarme a un banco desde donde podía ver la puesta de sol. Estaba, además, muy cerca de mi zona de acampada. El cielo estaba naranja con enormes jirones de nubes grises. El mar reflejaba todos los colores y los añadía chispas blancas por el movimiento de las olas. En ese momento llegaron mis vecinas. Eran tres mujeres. Supongo que venían de la playa porque traían toallas al hombro y venían en bikini. Entraron en la tienda de al lado y no las volví a ver, aunque podía escuchar sus risas y sus gritos algo etílicos.
Ya había anochecido completamente cuando me bebí la sexta cerveza y me fui a dormir.


La luz del sol traspasaba la tela de la tienda de campaña. Hacía un calor húmedo e intenso. Una voz femenina metía prisa a alguien para ir a la playa. Abrí la cremallera de la tienda y vi a mis vecinas a la luz del sol por primera vez. Tenían alrededor de cuarenta años. Dos de ellas estaban en el exterior de la tienda esperando a la tercera. Una me saludó con un “hola” alegre. La otra parecía enfadada. La tercera salió diciendo un “pues no lo encuentro” algo decepcionado.
Las tres tenían el pelo rubio, quemado por la sal y el sol y la piel tostada, como gitanos de opereta.
La que estaba enfadada me miró.
—Perdona pero ¿no tendrás un mechero de sobra? —me dijo desde donde estaba.
—Es que en la tienda del camping no tienen —dijo una de las otras— y es por no ir hasta el pueblo.
—Te le compramos, no es que queramos echarle morro y tener un mechero grátis. O si nos le prestas, te le devolvemos esta noche —. insistió la enfadada.
No dije nada. Levanté la mano en señal de que esperasen un momento. Entré en mi tienda y salí un par de minutos después con un mechero en la mano. Caminé hacia donde estaban ellas y se le di a la enfadada, que comenzaba a calmarse. Después me giré sobre mis pies y comencé el camino de regreso.
— Oye, que no queremos tener tanta cara ¿qué quieres a cambio?
— Os le alquilo —dije—. Esta noche me lo devolveis con dos cigarros y listo.
Las tres levantaron el pulgar a la vez como si lo tuvieran ensayado.


A mediodía cogí un libro y una toalla y bajé al mar. La cala a la que se tenía acceso desde el camping era un trozo de playa pequeña, con arena húmeda y algo rocosa. No había mucha gente. Me acerqué al borde del mar y extendí mi toalla. Estuve leyendo un rato antes de darme cuenta de que mis vecinas estaban a unos veinte metros de mi. Al menos una de ellas, la que me había saludado por la mañana. Solo llevaba puesta la parte de abajo del bikini. Dormitaba debajo de una sombrilla. Las otras dos salían del mar en ese momento. Estaban completamente desnudas. La que había estado enfadada tenía el vello del pubis rubio y con las gotas de agua al sol daba destellos algo dorados como si se le hubiese enredado pequeñas pepitas de oro. La otra lo llevaba completamente rasurado. Se quedaron de pie junto a su amiga, secándose al sol. La que era completamente rubia me vio y me saludó agitando un brazo en alto mientras se cubría los ojos con el otro brazo. Les devolví el saludo y continué leyendo.


Leer fue lo único que hice el resto de la tarde. No me acordé de comer y tampoco me di cuenta de cuando se marcharon.
Cuando comenzó a caer el sol volví a la tienda, cené algo y me senté a ver el atardecer. Las tres llegaron poco después acompañadas de tres hombres. Los seis formaban un grupo que parecía alegre. En cuanto la rubia me vio se acercó a mi. Me devolvió mi mechero. En la mano también traía un paquete de tabaco de liar.
— Oye, muchas gracias —me dijo—. Coge tabaco y papel. No tenemos cigarros.
— No te preocupes. La verdad es que no fumo y no sé liarme un cigarro.
— ¿Entonces? —me dijo sorprendida.
— Era por ponerle un precio. Ya sabes, para que no os sintierais unas gorronas aceptando cosas gratis de un desconocido. La idea fue tuya. Dijiste que querías pagarme.
Sonrió con esa media sonrisa que pone la gente cuando quiere decir “menudo cabrón” o “menudo gilipollas”. Luego se sentó a mi lado y comenzó a liar dos cigarros. Se los puso en la boca a la vez y los encendió. Me dio uno. Comencé a fumar.
— ¿Cómo te llamas? —me preguntó.
— Mis amigos me llaman Charlie.
— ¿Tus amigos te llaman Charlie o te llamas Charlie?
— Me llamo Carlos —contesté— ¿y vosotras?
— Yo me llamo Bianca —dijo quitándose una hebra de tabaco de la lengua—, la del pelo corto es Olga y la otra es Ruth. Y como no soy tu amiga no te voy a llamar Charlie porque me parece horrible ¿que tal “Chuck”?.
— Bianca. Con ese nombre puedes llamarme lo que te dé la gana.
— Encantada, Chuck.
Estuvimos fumando. Me contó que los tres tipos se les habían acercado en el chiringuito donde habían estado comiendo. Los tres le parecían un poco gilipollas. Típicos treintañeros ligones de playa. Le invité a una cerveza y nos fumamos otro cigarro. Me contó que estaban allí pasando un mes y medio de vacaciones. Yo le dije que estaba allí celebrando mi divorcio haciendo algo que siempre había querido hacer: estar quince días junto al mar leyendo. Ella también estaba divorciada. Tenía dos hijos adolescentes.
Uno de los tipos y su amiga Ruth la llamaron a gritos. Ella contestó que iba enseguida. Pero abrimos otra lata de cerveza y seguimos fumando. Llevábamos una hora charlando. Me confesó que aquellos individuos eran un estereotipo de tíos divertidos, pero con personalidades poco interesantes y muy justos a la hora de follar. A sus amigas eso no les importaba, pero ella a sus cuarenta y dos años, ya no quería tirarse a más desconocidos sólo porque  la hacían reír un rato. O tíos con una pinta clara de follar bien o tíos con un cerebro que la mantuviese despierta hasta el amanecer sin aburrirse. Nada intermedio.
Pasaron las horas. Fuimos juntos a comprar más cerveza y una botella de esas de plástico de medio litro de whisky. Antes de que nos diésemos cuenta el cielo comenzaba a clarear. Comenzamos a oír los gemidos de sus amigas dentro de su tienda. Una de ellas era especialmente escandalosa.
— Esa es Olga —me dijo—, grita mucho porque dice que eso pone más a los tíos y rinden mejor.
— ¿Qué crees que habrá pasado con el tipo que era para ti?
— Puede que esté dentro, mirando. O puede que se haya ido. O puede que esté esperando a que acaben sus amigos. No sé. Me da igual. Yo he encontrado a uno mejor.
Nos besamos. Comenzamos a acariciarnos. Todo era muy tranquilo. Su piel brillaba por el sudor. Nos quitamos la poca ropa que llevábamos, sin prisa. Su pubis, iluminado por la luz tamizada del amanecer que atravesaba la tela de la tienda parecía menos rubio que el día anterior en la playa, pero tenía muchos más tonos de color. Me pareció el coño más bonito que había visto nunca.


Cuando acabamos el sol ya estaba alto. Nos quedamos dormidos agarrados de la mano porque hacía demasiado calor para abrazarnos. Despertamos sobre la una del mediodía. Se fue a buscar a sus amigas. Me prometió que nos veríamos por la noche.


Cumplió su promesa y volvimos a pasar la noche juntos y el día siguiente y la siguiente noche.
Me contó cosas sobre ella. Las tres eran profesoras en una universidad privada, así que podían disfrutar de mes y medio de vacaciones. Bianca dejaba a sus hijos dos semanas con sus abuelos y un mes con su padre. El resto del año el trabajo era demasiado absorvente. Muchas horas de trabajo de lunes a viernes y a veces los fines de semana. Y además había que cumplir con la familia. Podría parecer una madre desapegada, pero en realidad aquella quincena con los abuelos era casi lo mejor del año para sus hijos. Ese mes y medio se lo concedían las tres amigas para el placer en su sentido más puro. Ruth se acababa de divorciar y Olga nunca había tenido una pareja estable. Hasta el momento de su divorcio, Bianca sólo había estado con tres hombres. Sin embargo después del divorcio no sabría decir cuantos habían sido. Algunos más importantes que otros. Sobre todo al principio sentía que cada hombre le dejaba una marca. Luego ese sentimiento fue desapareciendo.


El tiempo había pasado rápido. No conseguí acabar de leer ninguno de los libros que me había llevado. Por primera vez en años mi piel estaba morena y no tenía marcas de bañador. Eso era algo que no había pasado nunca. Bianca siempre que podía se desnudaba en la playa y yo acabé haciendo lo mismo. Los dos últimos días estaba tan acostumbrado que no sentía pudor ni delante de sus amigas.


— Así que te vas mañana —. me dijo la última noche. Estábamos desnudos dentro de mi tienda. Abrazados por que la temperatura era agradable.
— Sí, tengo que volver a trabajar.
— ¿No puedes quedarte ni un solo día más?
— Si pudiera… pero nos veremos en Madrid ¿no?
— ¿Para qué? —me dijo— ¿para empezar una relación?
— Bueno, no lo sé.
— ¿Lo ves? ni te lo has planteado. Tú estás recién divorciado y ahora vas a tener un montón de problemas. Y yo tengo a mis hijos, y tarde o temprano querrás comportarte como su padre.
— Pero tus hijos ya tienen un padre. Y tú lo que buscas es un amante. Y si ignoro a tus hijos…
— No te perdonaría que los ignoraras. Y entre la familia y el trabajo…
— Con suerte nos veríamos un fin de semana al mes —interrumpí.
— Eso es. Seríamos una pareja fabulosa. Chuck y Bianca. Suena a pareja de película de Tarantino. Pero mírame bien. Me sobran quince kilos. Tengo una cicatriz de cesárea y comienzo a tener canas.
— Y yo necesito que alguien me afeite la espalda.
— Y no me labo los dientes todas las noches.
— Y yo no me ducho los domingos. Pero me gustaría verte al menos ese fin de semana al mes que tendremos libres para poder invitarte a cerveza y que me lies cigarrillos.
— Bueno y para follar ¿no? —dijo riendo.
— Bueno, y para follar.
— Te llamaré. Deberías dormir. Mañana madrugas mucho.
Me dio un beso en la frente, cogió su ropa y salió de la tienda con ella en la mano.
— Carlos —,me dijo desde fuera— bueno, solo es una tontería, pero en realidad me llamo Blanca. Perdona si no te lo he dicho antes, pero creo que debes saberlo si nos vamos a ver más adelante.
— Encantado de conocerte. Nos vemos en cuanto vuelvas a Madrid —.dije, después escuché sus pasos alejándose.

De Bianca podría haber llegado a enamorarme pero a Blanca creo que nunca llegaré a conocerla del todo, por muchas noches de invierno que pasemos en su casa bebiendo cerveza y fumando mientras vemos cualquier cosa en la tele.