martes, 4 de octubre de 2016

DESPUES DE LA TORMENTA


El huracán Olga, al igual que muchas veces ocurre con una femme fatale sin escrúpulos, convirtió con su catastrófico paso de apenas veinte minutos aquel idílico lugar, —un islote repoblado por aventureros—, en una anegada Hiroshima en miniatura.
No parecía haber sobrevivido nada allí. Los ciegos y furibundos embates de las olas y un clamor lejano proveniente de encima de las nubes, —los guturales sonidos de terror de un indeterminado número de aves allí afincadas—, era todo el sonido reinante. El suelo se había convertido en una quebrada sucesión de ladrillos, planchas de metal y mosaicos caóticos de pequeños objetos y enseres multicolor. Algo más tierra adentro, el agua iba y venía, formando susurrantes regueros, plácidamente, por entre las zonas donde la tempestad ya lo había devastado todo.
Y, aun así, en lo alto de la desolada loma que dominaba el paisaje, —allí donde los montículos de escombros parecían competir por quién se erigía como la escultura más funesta—, una pequeña casa roja había conseguido mantenerse en pie.
Era un duende aquella construcción diminuta. Su mera presencia era un sueño.
Un interior de una casa en aquella isla violada significaba algo inabarcable.
Durante unos minutos tras el paso de la mortal dama, la puerta de la casa permaneció cerrada. Luego, esta fue abierta y una persona emergió desde ella hasta el exterior, hasta la realidad de una realidad destruida. Era un muchacho de unos veinte años. Tenía el aspecto de un gitano moderno, de un snob; portaba en su perfectamente redondeado rostro patillas hasta las comisuras de los labios; sostenía entre estos una ingrávida y dorada pipa.

Oteaba el horizonte. Un horizonte.