viernes, 24 de marzo de 2017

La vida robada

Sara me enseñó la fotografía que acababa de encontrar en el cajón de la cómoda de la habitación.
—¿Quién es esta mujer?
—¿Quién va a ser? La tía Julia.
—¿Y por qué está pintando el cuadro de la abuela que vendimos al Museo de Córdoba?
—No digas tonterías, la tía Julia no pintaba, la pintora de la familia era la abuela.
—Pues esta no es la abuela.
—Tiene que ser. Déjamela ver.
Pero no, mi hija no estaba confundida. Una jovencísima tía Julia me miraba sonriente, con la paleta en una mano, el pincel en la otra y una bata llena de manchas cubriéndole el vestido. Tras ella, el lienzo con el patio lleno de geranios que nos había llenado la cuenta del banco después de la muerte de mi madre.
Estábamos en el piso de la tía. Hacía más de tres meses que la habíamos enterrado y la casa permanecía cerrada desde entonces. Yo no había encontrado la valentía de entrar en ella hasta ese día. Demasiados recuerdos almacenados en aquella casa.
La tía vivía en un tranquilo barrio de Córdoba; demasiado cerca, se empeñaba mi madre. Y eso que la tía Julia era su hermana mayor. Era una mujer muy cariñosa. La veía una vez a la semana: los sábados por la tarde, después de que mi madre se encerrara en el estudio entre aguarrás y óleos de colores. «Será nuestro secreto», murmuraba mi padre mientras me ataba los cordones de los zapatos rojos. Si alguna vez mi madre preguntaba por dónde habíamos estado paseando, mi padre siempre respondía: «Nos hemos acercado al puente viejo». Todavía hoy cuando alguien menciona el viejo puente, se me aparecen sus ojos vivarachos.
—Hay muchas más —comentó Sara sacando del cajón una mano llena de fotografías.
Me senté en la cama a examinarlas. En casi todas ellas aparecía la tía Julia pintando cuadros, pinturas conocidas por mí y por los críticos de arte como pertenecientes a la primera etapa de la gran artista María Ángeles Pacheco, mi madre. Había una donde estaban las dos hermanas juntas. Mi madre coloreaba un paisaje montañoso, mi tía, el enorme lienzo que colgaba ahora de una de las salas del Museo de la ciudad con el nombre de la autora escrito en una pequeña cartela a su lado; ese nombre no era otro que el mi madre.
—¿Nada más? —pegunté a mi hija, ansiosa por descubrir el secreto de todo aquello.
Sara sacó el recorte de una revista y un pequeño álbum con nuevas fotografías.
Desplegué la hoja; era una crítica de la última exposición en la que participó mi madre. Hablaba de la temática de los cuadros y de su técnica pictórica. Recorrí las líneas con rapidez en busca de una pista. La encontré casi al final. La frase decía así: «Este crítico reconoce la pureza de la técnica de la pintora, ejecutada con claridad y corrección, pero echa de menos las pinceladas pasionales de su primera época con las que conseguía inundar de color y vida al espectador».
La idea de que mi madre se había apropiado del trabajo de mi tía cruzó por mi mente.
Abrí el álbum y fui pasando una imagen tras otra. No había rastro de la vocación artística de Julia. Yo aparecía en muchas de la mano de mi padre y mi tía. Parecíamos felices, éramos felices.
Mi madre se había apropiado de sus cuadros, pero mi tía se había guardado para ella los mejores colores: nosotros.

En la última estaban ellos dos solos. No se tocaban, se miraban, con deleite, con esa extraña emoción que solo los realmente enamorados reflejan en el rostro. Me di cuenta entonces de quién había sido en realidad la mujer de mi padre; de quién había sido verdaderamente mi madre. 

jueves, 23 de marzo de 2017

Woman

Podría haber sido de otra manera, podría haber sido de otras muchas maneras, cualquiera casi hubiera servido, cualquiera que no fuera lo que le estaba pasando ahora mismo a la mujer que acababa de cerrar los ojos por última vez, esperando el golpe de gracia de su verdugo.

Su verdugo, que sólo unos pocos minutos antes había deslizado con delicadeza un CD de John Lennon en el equipo de música, era, sí, su verdugo, pero también su marido, su casi padre y su, (eso había creído ella siempre) mejor amigo.

Afuera, más allá de la masa casi sólida de tensión que llenaba la habitación del lujoso apartamento, una débil lluvia comenzaba a caer, imperceptiblemente, como si estuviera llamando con cándida timidez a una puerta universal.

El hombre levantó el cuchillo y cerró los ojos, también. La cálida voz de Lennon en "woman" se escuchaba, desde un lejano lugar llamado nunca.

martes, 7 de febrero de 2017

AL OTRO LADO DE LA ACERA


—Que tenga un buen día, señor.

El bueno de Federico, el conserje, tan educado y en su sitio siempre, se despedía con esas mismas exactas palabras día tras día, cada uno de los días del año, —exceptuando los festivos—, de lunes a viernes, con esas mismas exactas palabras acompañadas siempre de un toque leve de gorra, como si en una vida anterior hubiera ocupado un cargo menor en el ejército.

—Gracias, Federico. Lo mismo.

En cambio, Rodolfo Simarro, a quien la repetición inamovible del saludo ponía un poco nervioso, se lo devolvió así aquel día, con el escueto agradecimiento, pero podría haberlo hecho de cualquier otra forma, incluso, —como muchos días hacía, en los días que salía zumbando a la oficina—, solo con un inexpresivo movimiento de cabeza, sin apenas mirarle siquiera.

Rodolfo subió al coche y reflexionó sobre aquel peculiar personaje: el señor “que tenga un buen día, señor”. Cuando ellos se mudaron al edifico, él llevaba ya unos años trabajando allí. Era un hombre pequeño, moreno, con una eterna expresión en la mirada cuya naturaleza no era fácil distinguir entre sumisión o humildad. Tal vez fuera una mezcla de ambas.

Qué poco sabía de él. Era peruano, al igual que su mujer, de quien el vecindario solo conocía el nombre, Clara. El apenas hablaba de otra cosa que no fuera de ella, pero muchos empezaban a pensar si no se trataría solo de una fabulación. Vivía, solo, en la diminuta vivienda del bajo.

El disco rojo del semáforo tuvo el efecto de apartar de su mente al portero. A pesar del deseo del conserje, iba a ser difícil que aquel fuera a ser un buen día, con aquel nuevo trabajo y sobre todo con aquella loca que tenía de jefa. ¿Iba a ser capaz de decirle que no otra vez, y que no ocurriera nada? ¿Iba a poder esquivar su mirada taladradora, y sus frases con segundas en plena reunión de cierre? Además de una devoradora de empresas en dificultades, Edurne Picapiedra lo era también de hombres jóvenes y talentosos como él.

Pero tenía un as en la manga. Desde ese momento, y para todo el personal de la oficina, se había vuelto oficialmente maricón.



domingo, 29 de enero de 2017

Estrellao

—¡Señor! ¿Se ha hecho daño?

—¿Será gilí? a lo mejor se cree que esto es un colchón de agua. ¡No te digo!

Estrellao, lo que se dice estrellao. Desde que nací. Cuando me creía el rey del universo llegó mi hermano, un angelote que me quitó el puesto. Desde entonces, todo lo malo me pasa a mí.

Esta mañana a mi mujer le he dicho que me iba al viaducto cuando me ha preguntado donde iba tan temprano. 

Llámame cuando llegues al suelo -me ha respondido con toda la guasa. 

Desesperao. Estoy desesperao. Mucho cuidao con lo que dices que no respondo. Como no me aguanto ni yo, me he tirao por el viaducto ¿y sabes qué ha pasao? Que este árbol se ha interpuesto en mi camino. ¡Si al menos fuera frondoso!
¡No me digas que no es mala suerte!   

jueves, 26 de enero de 2017

LA CAJERA


—Acércate al Árbol a por un kilo de cebollas y un paquete de azúcar. Toma, y con el cambio cómprate algo.
Mi madre me largó un billete de cinco euros, viejo y arrugado como casi siempre, y yo salí escopetado a por la compra. Pero mi compra no era, por supuesto, ni las cebollas ni el azúcar, —eso era sólo lo que la hacía posible—, sino los dos o tres sobres de la Liga que podría comprar, calculé, con lo que me sobrara.
El Árbol, —ahora ya no es un Árbol sino un Plaza Día —, tenía tres pasillos, una luz intensa blanca y una cajera a la que caía bien. No digo esto porque sí, sino porque, aunque no acostumbraba casi nunca a sonreír a los clientes, a mí siempre me recibía con una cuando me llegaba el turno de pagar, y siempre, además, casi sin excepción, me decía algo.
Me pasé tres años haciendo encargos de mi madre allí y muchos de ellos pasaban por sus regordetas y pizpiretas manos. Siempre que cogía las cosas me fijaba en ellas, en aquellas pequeñas palas-grúa tan perfectamente adiestradas, tachonadas de pecas, tantas que las hacían parecer marrones.
En todo ese tiempo nunca me preguntó cómo me llamaba. Tampoco yo, claro, supe nunca su nombre.
Un día, como tantas otras veces, mi madre me había mandado a comprar algo, no recuerdo ahora qué. Entré, pero no la vi en ningún lineal de cajas. Era el primer martes que no estaba, —me había aprendido al dedillo su calendario de trabajo—y me pareció raro. Me fijé en las otras cajeras; no me sonaba ninguna. Mientras esperaba mi turno escuché que se cerraba el supermercado.
Entonces comprendí porqué me había dado aquella bolsa llena de regalos de promoción el sábado anterior, y porqué me había dicho que le recordaba a su hijo, a quién, me dijo, hacía diez años que no veía. 


martes, 24 de enero de 2017

Las heridas del tiempo

Desde que tenía memoria, siempre había estado allí, entre parterres de rosas. No recordaba quién lo había plantado —tenía la imagen de unas rudas manos acariciando su corteza blanca, aunque ni siquiera sabía si era una imagen construida por él mismo—, pero, fuera quien fuese, la persona que decidió colocar un álamo en la pradera delantera del jardín del palacete contaba con todo su agradecimiento.
No podía decir que hubieran sido años tranquilos: algunos sí, otros no tanto. Los primeros, sí —de eso estaba seguro—, y alegres; como lo eran las risas de los hijos del dueño cuando jugaban al escondite. Le encantaba que las dos pequeñas se ocultaran tras él; le hacían cosquillas con las coletas mientras sus hermanos mayores fingían no poder encontrarlas.
Luego llegaron aquellos tiempos en los que la señora dejó de sentarse a coser junto a él, las carreras infantiles se sustituyeron por los paseos silenciosos y las risas por susurros. Después, ni siquiera eso. Un día vio salir una comitiva de coches oscuros y el jardín se quedó vacío durante mucho tiempo, tanto tiempo que se resignó a envejecer con la única compañía del viento y los trinos de los gorriones.
Pero ocurrió un milagro en forma de hada rubia que acompañaba a uno de los chicos. ¿Era el mayor o el pequeño, Juan o José? Fue incapaz de descubrirlo. En aquel hombre moreno y bien plantado poco quedaba ya del muchacho que un día fue. Y las iniciales, que ambos le grabaron en el tronco, rodeadas de un corazón tampoco ayudaron a desentrañar el misterio.
Si el negro fue preludio de la soledad, con el blanco regresó la compañía. Y las largas tardes de lectura en el jardín, los primeros pasos y los balbuceos. La nueva época vino acompañada de una novedad: las fiestas en el jardín. Nunca los veranos fueron más entretenidos.
Aunque también eso acabó coincidiendo con el inicio de las voces, los gritos y las discusiones. Volvió a quedarse solo, sin embargo, aprendió mucho vocabulario. La primera vez, las palabras ruina y divorcio le parecieron feas, burdas, groseras, aunque llegó un momento en que se acostumbró a ellas. Después, hasta esas desaparecieron. A la vez que la gente.
Tuvo que buscarse otra compañía. Disfrutaba con el sol de invierno y la luna en verano. Le emocionaba la lluvia en primavera y odiaba el viento en otoño, que lo dejaba solo y desnudo.
Dejó de contar el tiempo cuando vio derribar la casa del dueño de la naviera Etxaniz y erguirse aquel rascacielos que lo observaba a todas horas, de los pies a la cabeza. Pensó que sería la única torre, que nadie en su sano juicio cambiaría los suelos de madera, las galerías porticadas, los enormes ventanales y las lámparas de araña por una torre de cemento y cristal; mucho menos que renunciarían a los jardines. Nunca imaginó que se quedaría solo.
Se equivocó. Desde que lo rodeaban aquellos gigantes, el sol no calentaba ya sus ramas, la luna había desaparecido, la lluvia no empapaba sus raíces y hasta el viento de otoño había dejado de soplar. Y lo peor era saber que, cuando llegara su hora, nadie acariciaría su corteza blanca antes de talarlo sino que caería bajo el rugido ensordecedor de una máquina sin alma.


martes, 10 de enero de 2017

LIBRO


Una vez se hubo presentado la obra al público, —un grueso volumen de tapa dura y gran formato, cuyo título, “Libro”, impreso en doradas y barrocas letras en portada y lomo, era la única información que se facilitaba sobre él en la concurrida rueda de prensa— todas las cosas, repentinamente, desaparecieron.
Objetos y personas, hechos y circunstancias, todo un mundo específico, el nuestro, el que hasta ese entonces era conocido y aceptado por todos se volatilizó, en un abrir y cerrar de ojos.
Fue en el salón de actos de la Biblioteca Central. Algunas reseñas en los periódicos y revistas literarias habían hablado del asunto de aquella extraña presentación. También en conversaciones, en los cenáculos literarios, casi a modo de anécdota, se había dejado caer, sobre todo por parte de profesores universitarios y alumnos aventajados. No se le daba mayor importancia, si acaso por el hecho insólito de que el autor era un niño de doce años. Aquellas incrédulas alusiones hablaban de ello más o menos así: " Se presentará la nueva obra del joven escritor X, de la que poco se sabe, pero, por lo que ha escrito hasta ahora ¿estamos ante unos de los grandes escritores de los próximos años...?
El libro, cuya trama abarcaba objetos y personas, hechos y circunstancias, todo un mundo específico, el que había sido nuestro fue un éxito, sin paliativos, en aquel mundo paralelo del que aquel joven escritor acababa de empezar a formar parte.