miércoles, 27 de abril de 2016

3 palabras: AMANECER - CREPÚSCULO - PROFANAR



LUDMILA
Si disponéis de un minuto, me gustaría contaros cómo conocí a Ludmila.
Fue hace un par de años, durante la celebración de las bodas de plata de mis padres. Ella era una antigua amiga de mi hermana, a quien apenas conocía, salvo por alguna referencia y un par de fotos. Compartíamos mesa en asientos contiguos, y, al terminar el banquete, (¡¡sobre las nueve de la noche¡¡), salimos juntos a los jardines del hotel, donde continuaría la fiesta.

Nos habíamos enamorado.

Las últimas luces del crepúsculo teñían de rojo oscuro las altas franjas de nubes, mientras la orquesta iniciaba sus primeros ensayos, y los operarios encargados de los castillos de fuegos artificiales ultimaban sus preparativos. La noche, a pesar de que el día no había resultado especialmente caluroso, era agradable, y cuando decidimos perdernos por el sendero que llevaba hacia la entrada del recinto, bordeado de setos convertidos en graciosas esculturas, ambos ya sabíamos que desde ese momento nada ni nadie podría separarnos.

Caminábamos despacio, dejándonos llevar por la fuerte impresión que nos habíamos causado. A mitad de camino, observamos con desagrado cómo la belleza de una estatua que representaba un Orfeo tañendo un laúd había sido profanada con una soez pintada.

Llegamos a la puerta, una descomunal y artística estructura de hierro, y junto a uno de los bancos que la flanqueaban nos sentamos, para contemplar el primer castillo de fuegos, que acababa de empezar. Las luces que llegaban desde los salones del hotel acentuaban la íntima sensación de unión que habíamos creado, y, alejados de todo y de todos, nos sumimos en una dulce quietud, que nos transportó, durante toda la noche, hasta un amanecer apacible, un mundo nuevo de ensoñación y calma.